Una vez más sentimos arder nuestros corazones con la visita del Resucitado en nuestras vidas, de ese Amor de los amores que nos impulsa a  salir a contar lo que hemos vivido sin importar el cansancio del camino (cf,Lc. 24,13-35) así como los discípulos de Emaús, Pedro y Juan y las mujeres que experimentaron de primera mano a Cristo Resucitado somos testigos del gran acontecimiento Pascual,particularmente marcado por la cuarentena y aislamiento social por el Covid-19 que continua desde el año pasado,limitados a celebrar como de costumbre pero con el corazón lleno de gozo y llamados a vivir de modos menos convencionales la alegría de la Pascua.

Meditemos un poco sobre dos experiencias particulares con el Resucitado, que podemos encontrar en las estaciones VII VIII del VíaLucís, la primera  de ellas “Jesús resucitado da su paz a los discípulos y el poder de perdonar pecados” (Jn 20: 19-23).Jesús se encuentra a sus amigos asustados y recluidos, que aunque ya habían recibido el conocimiento de la vedad, su corazón aún se turbaba por el mundo, ¿Cuántos de nosotros nos hemos recluido de maneras muy similares cuando el miedo, la angustia y la desesperación nos invaden? Sin embargo el Señor les visita y a modo de saludo les da su paz, una paz que transforma y apacigua el corazón, que les impulsa a acoger en su vida la resurrección,que los cambia y cambia con ellos la historia; el Señor y su Espíritu no se quedan ahí, los envía, nos envía con esa misión del Padre, la Misio Dei que da sentido a toda la labor de la Iglesia. En este envío, las indicaciones del Señor son pocas, se podría decir que hasta imprecisas,vemos que no da maneras ni estrategias de conseguir este anuncio al mundo entero y es ahí donde los dones, talentos y la propia vocación se hacen presentes, esas individualidad que el Padre nos ha regalado y nos invita a ponerla al servicio de La Misión y su Iglesia, de la vida diaria y del acontecer cotidiano, de pequeñas y grandes acciones para anunciarlo.

Como segundo acontecimiento vemos el encuentro de Jesús Resucitado con Tomás (Jn 20: 24-29). Uno de los 12 que no había atestiguado el encuentro anterior y aunque también es conocedor de la noticia del Resucitado y recibe el mensaje de sus hermanos de comunidad, aún no termina de creerla y nos viene otras preguntas ¿En cuántos momentos de nuestra vida, somos conocedores de las grandes obras de Dios y no las creemos como tales? ¿Cuántas veces al conocer testimonios, simplemente desacreditamos y tomamos a actitud de Tomás? Pero Jesús que conoce nuestro corazón, se hace presente y nos reafirma que su Resurrección es un signo de paz con nosotros y así como invita a Tomás a creer, también a nosotros a experimentar y anunciar el gozo de resucitar con Él.

En este camino pascual a las puertas de la Beatificación del Venerable José Gregorio Hernández, encontramos en él, un ejemplo de vida y misión, un “misionero de la compasión” que desde su propia vocación laical, cambió su historia y la de muchos otros, no cabe duda que desde su vida y obra, el anuncio del Resucitado se hizo y se sigue haciendo presente en el mundo.

No dudemos nosotros que desde nuestra juventud, podemos ser grandes misioneros, con nuestras virtudes y limitaciones, con nuestro esfuerzo y vocación específica, podemos cambias la vida de los que comparten y coinciden diariamente con nosotros. Dejemos que nuestro corazón se inunde con la Paz de Cristo Resucitado y salgamos de nuestros encierros del corazón y alma al encuentro con otros jóvenes que anhelan en su ser esa Buena Noticia, que ¡Jesús ha Resucitado! Y debemos anunciarlo al mundo.