La vida es una contante aventura que solo se disfruta si estamos dispuestos a enfrentamos al riesgo de perder o ganar, pero una vez que tomamos la decisión de atrevernos entramos en un proceso de redescubriendo de nuestras propias actitudes, positivas y negativas, puesto que la circunstancias nos permiten, por muy duras que sean, sacar lo mejor y, en el peor de los casos, lo más despreciable de nuestro ser.

Ahora bien, en este redescubriendo en la aventura vivencial de la fe, no necesariamente se obtienen pérdidas, por el contrario, todo lo que hagamos en favor del plan de Dios es ganancia, eso trae consigo un beneficio extraordinario para aquellos que deseamos ganar un pedacito de cielo. Arriesgarse vale más que la pena, y si no lo creemos, estudiemos un poco la historia de los santos de la Iglesia, en ellos está la verdad de que es posible aventurarse y ganar, aunque cuando sintamos que hemos perdido algo, pues eso que has dejado atrás no se compara con lo que obtendrás más adelante.

Hace unos días celebramos las fiestas de algunos beatos venezolanos, quienes con su ejemplo nos han hecho comprender que la santidad es posible para todos, que es una realidad tangible y no abstracta, cercana y muy perenne entre quienes nos acercamos a ella, pero para poder gozar de la gracia de la santidad debemos decidir con firmeza arriesgarnos a descubrir el propósito de Dios en nuestras vidas, teniendo claro esto podremos encontrar sentido a lo que hacemos, tal como lo hicieron nuestros beatos: apostaron por la santidad y ganaron la eternidad.

Ser santos es un don de Dios y una gracia divina, pero trae consigo una decisión y requiere un compromiso, reconociendo nuestras debilidades y fortalezas para transformarlas en oportunidades que nos acerquen a Dios y a su proyecto de salvación. No se trata de hacer miles de cosas, o hacer las cosas que hicieron los santos que nos preceden, es hacer lo que mejor sabemos hacer y con amor, de esa manera ganaremos trascendencia en quienes nos puedan ver como una inspiración a también arriesgarse y apostar por la santidad.

En fin, decidir ser santos va más allá de una opción de vida, es adoptar un estilo de vida que nos permita generar claros frutos de conversión y felicidad plena, no solo en nosotros sino en quienes alimentan y cultivan el don que Dios nos ha dado y en quienes vemos materializado eso que nos ha llevado a ganar en esta lucha constante y gratificante por alcanzar la santidad.

Por José Alberto Morillo