“Ustedes no teman. Sé que buscan a Jesús, el crucificado. No está aquí, ha resucitado” (Mt 28, 5)

En la tercera estación, Jesús resucitado se aparece a María Magdalena (Jn 20, 14-18) y de este pasaje rescatamos algunos puntos importantes: encontramos a María llorando por la pérdida de su Señor, creyendo perdido su propósito y a Aquél quien se lo dio. Esto le nubla tanto la vista que cuando incluso el Resucitado se le aparece y le habla, las lágrimas que empañan sus ojos le impiden reconocerlo. Es Jesús quien vuelve a insistirle y allí ella se da cuenta que es Él y que está vivo. Así nosotros, nos identificamos con la Magdalena al descubrir que frecuentemente nos sentimos perdidos y desolados, sin esperanza ni horizonte al cual aferrarnos, no vemos progreso en ningún aspecto en nuestra vida, y es allí donde nace la frustración, insatisfacción e infelicidad. Nuestras preocupaciones nos nublan la vista y nos impiden ver lo que realmente Jesús nos está pidiendo, o las nuevas oportunidades que nos está brindando en nuestra realidad concreta, el hoy. Al Jesús llamarla por su nombre, ella lo reconoce como Maestro y se reconoce a sí misma como discípula, recordando su vocación primaria, la de amarle y seguirle, y luego ya Jesús es más específico y le revela a María su misión y propósito de ser “apóstol de los apóstoles”, animándola y dándole un nuevo sentido a su vocación.

En la cuarta estación, en el caso de los discípulos de Emaús (Lc 13, 1-24) vemos una aparición similar donde también hay tristeza y congoja de haber perdido el horizonte y la esperanza. Un Jesús resucitado se les aparece y los acompaña en el caminar, los escucha, pero también su desolación les impide reconocerlo al hablar; aun así, a medida que este les va mostrando y explicando las escrituras, sus corazones se van encendiendo al empezar a entender que sí tienen un propósito, y ahora con más sentido que nunca, ya que no acabó en la muerte, sino en la victoria de la Resurrección. A través del encuentro con Jesús, somos capaces de descubrir a lo que realmente estamos llamados, y el contacto frecuente con Él en su Palabra, en la mesa al partir el pan, en el diálogo de la oración, en la caridad, nos va especificando más claramente nuestra misión.

El discernimiento continuo con la fuerza del Espíritu Santo, es un ejercicio que debería ser constante durante toda nuestra vida, puesto que la vista, el oído, y los sentidos se van agudizando a las especificaciones de Dios, y empezamos a preguntarnos no sólo “¿qué quieres para mi vida?” sino también “¿qué quieres de mí en este momento particular”? Podremos encontrar mejor las respuestas a estas preguntas si Jesús nos es familiar y cercano, pues sabemos cómo piensa y cómo actúa. Dios nos ha llamado y somos dichosos por ser tomados en cuenta para su plan. Así como contó con los discípulos en su tiempo, ahora cuenta contigo y conmigo para hacer su obra, de una manera particular, desde nuestra realidad concreta del hoy, desde nuestro oficio, profesión y estado de vida, desde nuestros estudios y trabajos.

La alegría de la Resurrección nos recuerda que, así como el camino de Jesús tiene como meta llevar a cumplimiento el designio salvífico del Padre, nuestro camino también tiene un propósito que nos llevará a la plenitud y a la felicidad, y ambos caminos se corresponden y entrelazan.

Camino Pascual 2021
De Discípulos a Apóstoles
Programa Nacional Jóvenes Voluntarios – Pastoral Juvenil de Venezuela