Los Dogmas o Verdades de Fe, son temas importantes. Ellos encierran un misterio, algo que nuestra razón por sí sola no puede descifrar, comprender y aceptar, y por eso los asumimos con fe, es decir, iluminados por la gracia de Dios, confiados en Él.

Que sean Verdades de Fe significa que son irrefutables para nosotros como católicos. Tenemos certeza de ellos, aunque la ciencia no los pueda explicar ni hayan textos históricos que los comprueben o testigos que los avalen expresamente. Pero eso no es igual a decir que no tienen sentido, razón de ser o fundamentos, pues cada uno está sustentado en la Revelación hecha en las Sagradas Escrituras, la Tradición y la interpretación del Magisterio de la Iglesia, que es iluminado por el Espíritu, así como por los estudios, reflexiones y aportes de hombres y mujeres de Dios durante años y años.

Hoy celebramos la Asunción de la Santísima Virgen María, uno de los 4 Dogmas Marianos que abraza nuestra fe. A pesar de que fue establecido en el año 1950 por el Papa Pío XII, el inicio de esta celebración comenzó en las primeras comunidades cristianas. Tantos han sido los documentos, tradiciones orales y escritos acerca de este misterio, que desde el siglo IV tiene una fecha de celebración.

Y podemos pensar, por qué Jesús llevaría en cuerpo y alma a María al Cielo y por qué eso es trascendente para nosotros, y quizás no encontraremos de buenas a primeras una razón. Pero, también podemos pensar ¿por qué Jesús no llevaría a su Madre de esa manera a estar junto a Él pudiendo hacerlo? El Señor ha depositado en María todo lo que desea para la humanidad, en Ella ha entregado la plenitud que anhela para nosotros desde la Creación. Es por esto que también hay innumerables razones para sentirnos reconfortados con esta idea. 

En primer lugar, nos recuerda que algún día seremos glorificados en cuerpo y alma en la Resurrección. En consecuencia de esto, este misterio nos asoma la integralidad de la persona y el alcance de su dignidad, que no se reduce solo a su ser espiritual, sino que también se manifiesta en lo corporal, en lo que tenemos ahora, aunque tenga debilidades y sea tan vulnerable. La salvación nos vendrá completamente, en todo lo que somos y seremos. 

En segundo lugar, celebramos la esperanza de ser recibidos por María y la Iglesia triunfante al final de los tiempos. Por eso, hoy se medita Apocalipsis 12, ese pasaje en donde se muestra la Mujer vestida de Sol. En esta mujer vemos prefiguradas a María y a la Iglesia, gloriosas en el Cielo, esperando y intercediendo por nosotros para que podamos gozar algún día de esa misma salvación.

Que María haya sido Asunta al Cielo en cuerpo y alma nos sostiene en las luchas diarias y nos guía hacia la plenitud de nuestra historia. Recordar que este mundo y sus dolores, esta realidad material y sus limitaciones, no es nuestro definitivo destino como hombres e hijos de Dios, nos anima a mirar con alegría el curso de los acontecimientos presentes, confiando en la felicidad y plenitud que tendremos luego. 

Para profundizar en esta esperanza de la mano de María que nos acompaña como madre y amiga aquí y allá, te invito a meditar estas palabras del Papa Benedicto XVI en su Audiencia General del 16 de agosto del 2006:

«La señal luminosa de la Virgen María elevada al cielo brilla aún más cuando parecen acumularse en el horizonte sombras tristes de dolor y violencia. Tenemos la certeza de que desde lo alto María sigue nuestros pasos con dulce preocupación, nos tranquiliza en los momentos de oscuridad y tempestad, nos serena con su mano maternal. Sostenidos por esta certeza, prosigamos confiados nuestro camino de compromiso cristiano adonde nos lleva la Providencia. Sigamos adelante en nuestra vida guiados por María»

Autoría: Inés María Polanco, Diócesis de San Fernando de Apure.
Equipo Nacional Jóvenes para una Nueva Sociedad