Capítulo II
Martes Santo
A donde irá Jesús

El profundo dolor de la traición. Jesús lo sabía. Que uno de los suyos, que comía junto a él, le entregarían a quienes deseaban condenarlo.

En el momento de la cena pascual, junto a sus discípulos, compartiendo con ellos el pan y el vino, fue también el momento en el que contempló próxima la traición. Judas Iscariote ya la planeaba, pero seguramente desconocía el alcance que su sola acción tendría. Con la condena de Jesús, su remordimiento le carcomería por dentro.

“Me queda poco con vosotros”, dijo Jesús aquella noche. Una vez más, ellos no le entendían. “Me buscáis, pero a donde yo voy, no podréis ir”.

Recuerdo aquél momento con gran solemnidad. Lo vi maltratado, herido profundamente, con la Cruz a cuestas. En su camino hacia el calvario, me abrí paso hasta él y con un manto, me ofrecí a limpiar su rostro ensangrentado.

Al presionar la tela en su cara, sus facciones quedaron impresas en ella ¡Cuánta impresión! ¡Cuánto honor haber compartido aquél momento con el Maestro! Guardé con dignidad aquél manto. Desde entonces, me llaman la Verónica porque con aquél pequeño gesto para consolar al hijo de Dios tan herido, fue él quien me concedió la gracia de conservar la imagen de su rostro.

-Verónica