Capítulo III
Miércoles Santo
Jesús, el Nazareno, con la Cruz a Cuestas

“¿Soy yo acaso, Maestro?” Preguntó Judas, el que lo iba a traicionar. Su corazón había decidido entregarlo a los Sumos Sacerdotes, corrompido por la avaricia y cuestionado porque Jesús era no un rey de riquezas terrenas sino un Rey cercano a los pobres, austero y humilde.

“Tú lo has dicho”, respondió Jesús a la pregunta. 30 monedas era el precio de su traición. Por 30 monedas, fue vendida la libertad del Hijo de Dios.

¿Quién lo diría? Que el primer dolor que padecería Jesús en su pasión, sería la traición de uno de los que con él caminaba. Mientras que, más tarde, sería un desconocido quien le ayudaría a cargar el peso de la Cruz.

Muchos de sus seguidores aún hoy se hacen la misma pregunta: ¿Soy yo acaso, Maestro? Llamándome tu amigo ¿te he traicionado?

 

Simón de Cirene es mi nombre, pero me conocen como “el cirineo”. El día del calvario de Jesús, los soldados me tomaron de entre la gente y me obligaron a ayudarle a cargar la Cruz.

Yo solo caminaba por allí, no quería inmiscuirme, y al principio, no quería ayudarle. Pero al verle tan herido y maltratado, y aun así con la mirada más llena de ternura que había visto, lo que había sido una obligación, se volvió mi apoyo honesto.

¿Qué había hecho para merecer esto? Algo me decía que nada, nada en aquél hombre merecía tal maltrato. Quizá podría afirmar que tuve el honor de ayudarle a cargar, aunque fuese un poco, el peso que él no debía llevar, pero que lo hacía con voluntad, con entrega, y por lo que pude sentir, con gran amor.

-Simón de Cirene