Capítulo IV
Jueves Santo
Amó hasta el extremo

La Última Cena. Esta es quizá la fecha en que el mundo conoció mayor amor. “Que se amen los unos a los otros, como yo les he amado”, es la enseñanza para sus discípulos en esta, la noche de la decisión, la noche del servicio, la noche en que Jesús se quedó con la humanidad en los signos más sencillos: el pan y el vino.

“Este es mi cuerpo que será entregado por ustedes”, les dice a quienes se sentaban junto a él. “Esta es mi sangre, que será derramada por su salvación”, afirma. Repartió el pan, compartió el vino, y con este gesto solemne, se quedó entre nosotros, aunque había de partir.

Pero a la alegría de esta cena pascual, le siguió la angustia en el Getsemaní. Elevó su oración a Dios mientras meditaba sobre aquello que debía padecer para abrir el camino de la salvación. Y solo el amor más puro le movió para aceptar, como voluntad propia, lo que estaba escrito. “Padre, si es tu voluntad, que así sea”.

Y entonces, les amó hasta el extremo.

Cuando quiso lavar mis pies, no lo podía creer. ¿Mi maestro, haciendo algo como esto? ¡No podía permitirlo, yo no lo merecía! ¡Era yo quien debía honrarlo a él!

Pero entonces, y como siempre, me enseñó una gran lección: Que el mayor amor nacía en el servicio. Y que debíamos dar ejemplo a todos, de lo que él, el Amor de los amores, hacía con nosotros. Ser capaces de servir y ver en ese servicio no humillación sino humildad. Esto caló en mí, en mi misión de edificar la Iglesia.

Me sentí tan indigno de su gesto aquella noche, y más al recordar que, por miedo, negué conocerlo cuando fue condenado. Pero desde el más profundo arrepentimiento, recibí la gracia del perdón, me llenó su misericordia. No volví a temer ser perseguido por seguirle, con tal de dar fe del amor del Hijo de Dios que se entregó por la salvación de todos.

-Pedro