Capítulo V:
Viernes Santo
La muerte del inocente

Desfigurado, no parecía hombre. Despreciado, injuriado, malherido. Azotado, insultado, maldecido. Escupieron sobre él, arrancaron sus vestiduras.

El Rey del hombre fue coronado con espinas.

Un inocente fue enjuiciado, por las culpas de la humanidad. Y la humanidad, ni siquiera había sido consciente de sus propias culpas. Fue contado entre los pecadores, como si fuese el peor de todos, cuando en realidad, la tierra no era digna de su divinidad.

Clavado en la Cruz, no había un rincón de su cuerpo sin heridas, no había un espacio donde no sintiese dolor. Y, aun así, en él no había resentimiento, sino misericordia. No había ira, sino piedad. Él mismo quiso entregarse sabiendo el daño al que los injustos le someterían y en ello radica el más grande amor: Que, en sus últimos instantes, suplicó al Padre por el perdón de los hombres.

Eran las tres de la tarde. Parecía que una tormenta se avecinaba; las nubes grises ocupaban el cielo, el ambiente era frío, como si el planeta entero quisiera llorar de tristeza. Tembló la tierra, y pareció que el mundo se detenía.

Jesús, inclinando la cabeza, expiró.

Había muerto un inocente.

Durante la cena con él, pude contemplar tantos gestos y tantas muestras del infinito afecto que nos tenía, pude ver su rostro bondadoso y su mirada llena de amabilidad. Pero es en este momento en que comprendo hasta dónde fue capaz de llegar para mostrar su inagotable amor, su perfecta misericordia por nosotros.

He de proclamar siempre tus enseñanzas, mi Señor. Me has dejado a tu Madre a mi cuidado y no puedo sino de este modo procurarte un gesto de amor, que es tan pequeño al lado de lo que has hecho por nosotros.

No entendí antes, Maestro, lo que habías querido decirnos, que te habrías de entregar por nuestra Salvación.

A los pies de su Cruz, al lado de su Madre, ese era mi lugar. No había otro lugar en el mundo en el que debiera estar, sino debajo de sus santísimos pies heridos, contemplando su cuerpo que se encarnó para enseñarnos a amar y más amar.

Juan