Capítulo VI (Parte 1)
Sábado Santo
El dolor de una madre

Nunca se apartó de él, en toda su pasión, ni en el momento de su muerte. María estaba allí, siguiendo los pasos de Jesús, como queriendo asumir también parte del dolor que padecía su hijo.

Junto a la Cruz, allí estaba ella. Jesús alcanzó a verla. “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, le dijo. Con estas sencillas palabras, no solo elevó su dignidad, al ser ella el signo de la Mujer nueva, aquella pura de todo pecado; sino que, además, dejó a su protección maternal a toda la humanidad.

“Hijo, allí tienes a tu madre”, dijo entonces a Juan. Porque, de igual manera, María no quedaría sola. Jesús pidió a Juan, y con él, a todo el que se llame su discípulo, encontrar en María la figura maternal por quien siempre será posible encontrar a Jesús.

Porque allí en donde esté la Cruz, estará siempre a un lado, a sus pies, María.

 

Una espada me atravesó el alma. Un dolor tan intenso y tan profundo sentí, al ver a mi hijo amado sufrir y padecer largamente, para después morir de forma tan cruel.

Mi espíritu temblaba de tristeza al verle condenado, a él, que desde siempre había seguido la Voluntad del Padre, la Voluntad de Dios.

Pero guardaba todo esto dentro de mí, en mi corazón. Con profundo dolor, pero también con profundo amor por quién él era: era mi hijo Jesús, sí, pero antes que todo, era el Hijo de Dios. Él había venido a este mundo a salvarnos, y no era yo sino honrada por haber estado a su lado desde que me fue anunciado.

Solo la fe en mi Señor me sostuvo en tan duros momentos. Lo contemplaba allí en la Cruz y sentía el infinito amor que él sentía por la humanidad. Acepté la misión que con suaves palabras me dejaba: He ahí a tu hijo. Con su sacrificio, había hermanado a todos, había introducido la salvación.

-María de Nazareth