Capítulo VII
Domingo de Resurrección
Un nuevo comienzo

¿De qué nos serviría haber nacido, si no hubiéramos sido rescatados?

Al tercer día, Jesús resucitó de entre los muertos. Quienes le lloraban, se llenaron de una alegría sin igual, porque todas las promesas se habían cumplido, habían conocido y seguido al Mesías. Con él, murieron al pecado y también con él resucitaron en la esperanza.

Solo en el hecho de la Resurrección, la muerte del inocente en la Cruz cobra su más amplio sentido: Más que profeta y mártir, en la Resurrección trasciende la fe y quienes en él creen afirman: Jesús es el Hijo de Dios, Él es el Camino, la Verdad y la Vida. En Él, la muerte no es definitiva, sino que con Él y en Él, se abre la puerta a la eternidad en la gloria.

¡Ha resucitado! Cordero sin pecado, que a las ovejas salva. Este es el acontecimiento por el cual todo comenzó de nuevo. Si la historia hubiese terminado con la muerte de Jesús, sus seguidores se habrían dispersado, habrían perdido la esperanza, el mal hubiese vencido. Es por la Resurrección y la posterior venida del Espíritu Santo, que la Historia de la Salvación continúa y trasciende en el tiempo.

Es la Resurrección una verdad irrefutable desde los primeros discípulos, testigos vivenciales que difundieron esta Buena Noticia, para que dos mil años más tarde, continúen habiendo testigos de la resurrección, que crean sin haber visto.

Este, no es el final de la historia, sino un nuevo comienzo.

No me quitaron la vida; yo la entregué por amor a ustedes.

Tenía que cumplirse lo que estaba escrito, los padecimientos que habría de sufrir y la resurrección, como parte de la historia de la salvación. Y voluntariamente, tomé parte en ello, porque les amo, a cada uno, con sus historias, con sus nombres, con sus sueños y sus anhelos; con sus debilidades y su humanidad.

Vayan, anuncien a todos la Buena Nueva, para que otros también crean, para que todos sepan que son profundamente amados. Serán revestidos con la fuerza del Espíritu Santo. Ustedes son mis testigos.

-Jesús, el Nazareno