La manifestación de la Santísima Virgen María, en su advocación de Nuestra Señora de Belén, tuvo lugar el 26 de noviembre de 1709, ante un indígena de nombre José Tomás Purino, en un pueblo de los valles fecundos del estado Aragua llamado San Mateo, que arriba hoy a los 400 años de historia y devoción. 

La Virgen María se hace cercana en las situaciones que experimentan sus hijos en todo momento; en medio de sus alegrías y tristezas, allí está la joven Virgen de Nazaret, en la advocación mariana de Belén, invocada por todo el pueblo aragüeño, por niños, jóvenes y ancianos que le atribuyen a ella miles de intercesiones ante su hijo para cumplir milagros. 

En este 2020 tan cargado de cambios, se muestra como un ejemplo para la Juventud con su misma virtud de la esperanza: podría llamársele “Nuestra Señora de Belén, Madre de la Divina esperanza”, porque en una Venezuela llena de tantas angustias como en la que vivimos, ella brilla como arco iris de amor, justicia y de paz, y nos trae una enseñanza por medio de su nombre como lo hizo en Caná; “Hagan lo que Él les diga” (Cfr. Juan 2,1-11), refiriéndose a dejar que actué su Hijo en nuestras vidas. Hoy nos insiste diciendo ¡Joven, haz lo que mi Hijo te pide!

Remontémonos a unos siglos antes del Nacimiento de Jesús. En el capítulo 5 del libro de Miqueas, se lee esta profecía: «Pero tú, Belén Efrata, aunque eres la más pequeña entre todos los pueblos de Judá, tú me darás a aquel que debe gobernar a Israel: su origen se pierde en el pasado, en épocas antiguas». Haciendo referencia a la llegada del Mesías, Belén significa Casa del Pan. Jesús nos dice «Yo soy el Pan Vivo» (cfr. Jn 6). Como una analogía, María de Belén aparece también como aquello que refiere Miqueas: Jesús nace en la casa donde se forma como pan.

Recordemos a Jesús en la Última Cena con sus amigos: «Tomó pan te bendijo, lo partió y dio a sus discípulos diciendo: Tomen y coman esto es mi cuerpo». (Cfr. Mt 26,26). La Eucaristía es el mejor alimento para el alma, y María nos invita a ella de nuevo estas palabras ¡Joven, haz lo que mi Hijo te pide! 

María, la casa del Pan Divino. Narra San Lucas que Jesús se encarnó en el vientre virginal de María.  En ese momento, ella pasó a ser el Arca de la nueva alianza y la casa que resguarda a Jesús el Pan vivo bajado del Cielo. Y esta es la razón por la cual Jesús en el relato del sermón de la montaña, llama «bienaventurados» a los a hambrientos; no solo aquellos que carecen de pan material sino del pan espiritual, que es Él mismo: el único alimento que puede saciar nuestras almas, el pan nacido de María, pues de ella tomo carne y sangre.

Ella pues, la humilde muchacha, María de Belén, de Nazaret, la de Caná; es la que nos señala en su milagrosa imagen en San Mateo con su mano abierta a la fuente que puede saciar nuestra hambre, el Divino Infante en sus brazos, Jesús Eucaristía, y que recuesta en el pesebre del corazón de quien lo acepte, como fueron recibidos aquellos pastores, esa noche fría en el portal de Belén.

Autor: Andrés Diaz Cabrera,
Animador Juvenil del Arciprestazgo 4
Diócesis de Maracay

 

Pastoral Juvenil de Venezuela
26 de noviembre 2020