María, la misionera del silencio

A propósito de la celebración de Santa María Reina

La creación divina y perfecta de Dios, no pudo completarse sin antes haber creado a la mujer, como acompañante del hombre e instrumento maternal para multiplicar la descendencia del Dios de Israel. Este proyecto de amor es una muestra fiel de que el papel de la mujer en la historia de la salvación es sumamente fundamental, y es aquí donde el personaje de María cobra importancia, no como la Eva que propicio el pecado, sino como la elegida, o más bien, la creada para la misión más grande que un ser pudiera emprender y aceptar: ser la madre del salvador, la nueva alianza.

Por tanto, la santidad a la que todos hemos sido llamados, no es un simple enunciado divino, es una propuesta idónea a través de la cual encontramos felicidad plena, aunque muchas veces nos toque arriesgar nuestra propia vida y desgastarnos por el anuncio de la Buena Nueva de Dios. Aunque esto represente una locura para los que no creen, el Señor siempre se encarga de orientar nuestra vida hacia el Horizonte, que es el mismo Dios Padre. María, por su parte, supo entender bien estos asuntos y cumplió fielmente este mandato de amor, supo llegar a la perfección, no por meritocracia, sino por humildad, sencillez y por su capacidad extraordinaria de accionar sin emitir palabras; una misión silenciosa, capaz de transformar el mundo en un antes y un después de Cristo.

Es así que, un reinado no únicamente se da para gobernar y reflejar el poderío sobre los hombres. Jesús vino a darle plenitud a estos litigios, con la intención de que las personas pudieran comprender el verdadero sentido de estos y pudieran accionar en favor de quienes han confiado en ellos para liderar, no por prestigio, no por ideales políticos, no por ambición, sino por hacer posible la fraternidad y la común unión entre iguales. Para algunos esto es utopía religiosa, en cambio para María no lo fue, pues ella es la mujer de la obediencia y la mansedumbre, es el modelo de santidad que todos debemos seguir, pues la tuvimos entre nosotros y fue una joven tan común como tú y como yo, y ahora reina en nuestros corazones, no con cetro y corana, sino con amor y espíritu maternal, para guiarnos por el sendero de la esperanza en Jesús que es el camino hacia el Horizonte Dios Padre. Ese es su verdadero reinado, misión y acción permanente.

Este orden, la celebración de Santa María Reina representa un halago a quien se ganó este título con un sencillo y amoroso sí, fue instituida por el Papa Pío XII y se lleva a cabo en la octava de la Asunción de María, con ello se demuestra la realeza celestial de esta mujer y su relevancia en la historia de la salvación al ser asunta al cielo. A partir de este hecho, la santidad de María vale la pena interiorizarla, estudiar cada una de sus acciones silenciosas, mereciendo nuestra atención como jóvenes que estamos en este camino de servicio, con el que esperamos responder a nuestros hermanos más pequeños en medio de sus realidades y necesidades más profundas.

En efecto, confiar en la protección maternal de Santa María Reina, es confiar en esa responsabilidad como intercesora que llevó en su vientre al salvador, por lo que su reinado es puerta abierta siempre al desvalido y necesitado, incapaz de despreciar y excluir. Esto hace que la perfección de esta mujer permanezca en cada mensaje que nos da a través de su ejemplo y propuesta de labor apostólica que podemos emprender, tal como ella lo hizo en su paso por este mundo.

En fin, debe ser para la juventud venezolana una nueva oportunidad recordar y reflexionar sobre esta festividad litúrgica como parte de nuestro sentir profundamente Mariano, en una tierra en la que la misma Santa María Reina quiso aparecer para recordarnos la misión a la que somos llamados desde el bautismo y el compromiso que hemos asumido de servir con y desde  los jóvenes. Es propicio el momento para decidir emprender la aventura mejor recompensada: la santidad. Una santidad verdadera, auténtica, con decisiones concretas, con acciones que hablen por sí solas, llena de humildad, sencillez y obediencia, para reinar en los corazones de los que creen en el verdadero amor manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor: primer hombre Mariano e hijo fiel de la humanidad.

Autoría: José Alberto Morillo.
Arquidiócesis de Coro.
Coordinador del Programa Nacional Jóvenes Discípulos