El Papa Francisco ha escuchado el grito de los últimos y ha salido al encuentro, promoviendo desde el año 2017 la celebración de la Jornada mundial de los Pobres. Esta es una invitación a disponernos a compartir con los pobres a través de cualquier gesto de solidaridad; también nos invita a detenernos para reflexionar en torno a esta problemática y así fomentar propuestas que lleven a la transformación de las estructuras injustas.

Del mismo modo, nuestra Iglesia venezolana, llamada a ser «luz del mundo y sal de la tierra» (Mt 5, 13-14), ha estado presente en las alegrías y tristezas de nuestro pueblo. Ha asumido la actual crisis política, social, económica y ambiental de Venezuela como un llamado del Señor, una oportunidad de encuentro profundo con Él a través del servicio.

La respuesta de este llamado se traduce en varias propuestas de atención al necesitado, acompañamiento y asistencia a comunidades vulnerables; las jornadas de asistencia a los más pobres, y los mensajes proféticos de los obispos y otras organizaciones, constituyen un signo de valentía y esperanza de una Iglesia que siente con el pueblo y que progresivamente responde al llamado.

No obstante, aunque se han dado pasos importantes en materia de caridad, pareciera que la acción pastoral solo induce a los fieles a realizar jornadas de asistencia, pero no logra introducirlos en compromisos más transformadores. Tal parece que «nos acecha el riesgo de la insensibilidad, de la falta de compromiso en lo social y político»1.

En este sentido, en la Pastoral Juvenil somos testigos y protagonistas de pasos gigantescos en materia de caridad en los últimos años. Difícilmente encontraremos a un Grupo o Movimiento juvenil que no haya realizado una entrega de útiles escolares y ropa, un arepazo, una olla solidaria u otra iniciativa de este estilo en alguna comunidad vulnerable. Esto verdaderamente es significativo; sin embargo, poco a poco se debe entender que la acción pastoral debe ir más allá del asistencialismo.

La llamada «transformación social» es una perspectiva más profunda que las «obras de caridad», las cuales son muy necesarias en ocasiones, pero solo amortiguan un mal, no contribuyen a la transformación de la persona y, por ende, de la sociedad.

Otro fenómeno igualmente importante que destacar, es el asunto del destinatario de la acción social que promueve la Pastoral juvenil. Si bien es cierto, en el campo de la asistencia o ayuda social no vale discriminar algún grupo etario, pues bien sabemos que la pobreza no se exime por la edad; pero es muy frecuente y lamentable que en este tipo de iniciativas, sean los jóvenes los menos beneficiados, atendidos y acompañados. Con demasiada frecuencia son conocidas las visitas a los ancianos, niños, mujeres embarazadas, privados de liberad… pero pocas veces vemos una ayuda directa al joven pobre.  Esta concepción nos permite comprender que también nosotros somos herederos de una sociedad que discrimina a los jóvenes solo por su condición, y que en el terreno de lo pastoral esa «opción preferencial» no está muy clara…

Como Iglesia estamos llamados a asumir una actitud de permanente conversión pastoral, esto implica escuchar con atención los gritos de los pobres, en especial los jóvenes, para discernir  lo que el Buen Espíritu nos está manifestando a través de ellos. Este discernimiento espiritual puede ser la brújula que nos oriente y nos haga entender y atender los signos del tiempo actual (Cfr. Lc 12. 54-56).

Jesús siempre joven y amigos de los jóvenes

«Tiende tu mano al pobre» (cf. Si 7,32) ha sido el lema que Francisco ha elegido para la celebración de esta gran Jornada mundial. El pobre, el último, el que no habla, el pequeño… Resuenan en nosotros aquellas palabras de Jesús: «En verdad les digo que cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron» (Mt 25, 40). Al interiorizar estas palabras, nos damos cuenta que al tenderle la mano al pobre, estamos socorriendo al mismo Jesús, que se encarna, y se convierte en la madre a la que le niegan la comida, en el niño que muere de hambre o por falta de medicamentos, en el joven profesional que es extorsionado para que su voto sea a favor del que gobierna, en el joven que está preso por manifestar su opinión, en el joven emigrante, en el joven con cáncer, en el  joven que deja sus estudios por no poder costearlos, en la abuela que muere por estar en la cola de un banco para cobrar la pensión…

Todos los atropellos a la persona humana son atropellos al mismo Jesús, que a la vez es la imagen visible del Dios invisible (Col 1, 15). Pues quien lo ve a Él, está viendo al Padre (Cf. Jn 14, 9). Este acercamiento a lo trascendente puede deformarse con facilidad, sin embargo, no podemos perder de vista que los pobres son por naturaleza un lugar teológico, o dicho de otro modo, en los pobres determinamos el lugar desde el cual podemos, con seguridad, comprender a Dios y lo que Él nos quiere decir.

Nuevos horizontes

El Señor ya lo advirtió: «Nadie echa vino nuevo en envases de cuero viejos; si lo hace, el vino nuevo hará reventar los envases, se derramará el vino y se perderán también los envases. Pongan el vino nuevo en envases nuevos. Y miren: el que esté acostumbrado al añejo no querrá vino nuevo, sino que dirá: El añejo es el bueno». (Lc 5,37-39).

Estamos no solo «acostumbrados» a un modo de proceder en el ámbito social, sino que podemos hasta estar orgullosos del mismo. Nos puede parecer no solo el método muy bueno sino el mejor y eso nos lleva a no querer otra cosa, «porque el vino añejo es el bueno»… A tiempos nuevos, nueva manera proceder. O mejor, a tiempos nuevos: reconocer la historia, reflexionar en torno a ella a la luz de la Palabra y del Magisterio y su Doctrina social, para poder actuar en consecuencia de lo antes planteado. Este proceso se resume en el Ver, Juzgar y Actuar, una metodología que debe encarnarse para acertar en los procesos pastorales.

Las soluciones a los problemas estructurales no vienen en una botella, ni en un documento, ni tampoco hay solo una solución para poder llegar a una feliz resolución, sin embargo, lo que cada uno de nosotros emprendamos desde nuestras trincheras, tiene un gran significado y relevancia.

Hoy al celebrarse esta jornada mundial de los pobres, el Señor nos envía por los caminos de nuestra Venezuela para anunciar la Buena Noticia, generar procesos de dignificación de la persona y denunciar todo aquello que no edifique su Reino. Este deseo nos capacita a mirar con amor para llevar a Jesús a las personas, en especial a los jóvenes que viven desesperanzados, que ven a Venezuela con desilusión o se sienten cansados del camino  por las cargas que la sociedad pone en sus hombros. El mensaje de salvación debe testimoniar la misericordia, cercanía y ternura de Dios Padre a cada uno de los jóvenes, en especial a quien es más débil y está solo, allí también está Jesús esperándonos.

La misión de un joven para una Nueva Sociedad hoy, es despertar el corazón que se impacienta al ver desigualdades económicas, atropellos, injusticias, manipulaciones, pobreza, muerte, y no quedarse indiferente y conforme cuando se alimentan solo unos pocos y a los otros se les niega hasta las migajas. El joven de hoy no debe ser nada más un espectador, sino que debe orar y a la vez luchar por la reivindicación de los derechos de los excluidos, de los últimos.

Ya no se trata nada más de llevar cosas a los demás, o hacer visitas esporádicas, se trata de saber escuchar atentamente la voz de Cristo en los que pasan hambre. Lo escuchado hay que asumirlo para reflexionar y actuar.

Que el ‘amor lo pongamos más en las obras que en las palabras’, y que el Buen Espíritu sea quien nos conduzca por el camino servicio. Amén.

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  • Concilio plenario de Venezuela 1, La proclamación profética del Evangelio de Jesucristo en Venezuela N°30

Néstor José Rodríguez
San Ignacio de Perijá, 15 de noviembre de 2020.